¿Desarrollar habilidades socioemocionales en la escuela? ¿Con qué recursos?

En los últimos años, dentro del mundo educativo se ha ido gestando poco a poco un fenómeno curioso: la focalización del tema emocional dentro del debate educativo. La consideración de las emociones de los actores involucrados dentro del aula ha pasado de tener un papel marginal e incluso indeseable a uno central en los currículos educativos actuales.

Tradicionalmente el punto en torno al cual ha girado la escuela han sido las habilidades cognitivas y sensorio-motoras del alumnado. Lo importante es que el niño aprenda a leer, pronunciar bien las palabras, hacer cuentas, memorizar, tomar bien el lápiz y escribir con una caligrafía decente. El cómo se sienta el alumno o el docente no ha sido problema de la escuela, más bien se ha considerado a esta área como algo que atañe a las familias o que se circunscribe únicamente al ámbito personal e íntimo; de ahí la máxima muchas veces expresada por los propios maestros y maestras: “los problemas personales se quedan en la puerta de la escuela, aquí se viene a trabajar”.

Y, no es que se haya negado la existencia de las emociones hasta ahora, sino que, desde una perspectiva dicotómica, el ámbito emocional se ha considerado ajeno al de la razón e, incluso, la más de las veces, un obstáculo para el desarrollo y la precisión de este último.

No obstante desde que se cayó en cuenta de la virtual imposibilidad de fragmentar tan arbitrariamente a un ser complejo e integral –biopsicosocial- como lo es el ser humano, se ha ido forjando una nueva perspectiva holística del proceso de aprendizaje donde los aspectos socioemocionales constituyen componentes tan esenciales como los cognitivos, como lo sustenta la creciente evidencia arrojada por la investigación educativa en los últimos años (OCDE, 2016; Moncada-Cerón y Gómez Villanueva, 2016; Palomera, Fernández-berrocal y Bracket, 2008).

Para la OCDE (2016), las habilidades emocionales se traducen en aquellas capacidades que se expresan mediante patrones estables de comportamiento y pensamiento, las cuales son imprescindibles para alcanzar objetivos, trabajar con otros y regular las emociones. En función del marco teórico, se incluyen más o menos habilidades, en el caso de la OCDE se enfatizan la perseverancia, el autocontrol y la pasión por los objetivos; también hace referencia a la sociabilidad, el respeto, la solicitud, la autoestima, el optimismo y la confianza.

Se ha asociado por ejemplo que mayor perseverancia, capacidad de atención y sensación de autoeficacia se traducen en mejores calificaciones (OCDE, 2016; Moncada-Cerón y Gómez Villanueva, 2016; Palomera, Fernández-berrocal y Bracket, 2008). El establecer mejores relaciones interpersonales basadas en el respeto y la cooperación influye positivamente sobre el trabajo colaborativo.

Más destacable aún está el hecho de que, a diferencia de lo que se pensaba tradicionalmente, actualmente se sabe que las habilidades socioemocionales al igual que las cognitivas, pueden desarrollarse y “moldearse” a través de procesos de aprendizaje tanto formal como informal. El ámbito socioemocional no existe de facto, se construye a través de las relaciones interpersonales y las experiencias a las que se enfrenta la persona durante cada etapa del ciclo vital. En cada etapa las necesidades y los aprendizajes emocionales son diferentes, sin embargo, van teniendo un efecto acumulativo de tal manera que, al menos que se realicen importantes intervenciones tanto formales como informales, muchas de las experiencias vividas en etapas tempranas dirigen hasta cierto punto la manera de percibir y comportarse de un adulto.

En los estadios más tempranos del ciclo vital los cuidadores primarios (familia o tutores) constituyen la fuente primordial de la que se alimenta la construcción de la esfera socioemocional del niño; sin embargo, conforme crece, otros contextos y situaciones van teniendo mayor injerencia en el asunto, entre ellos la escuela. Si esta esfera también es susceptible de ser cultivada, es posible crear cambios ambientales y generar contextos que incidan sobre dicha área y así fomentar ciertas habilidades o desalentar otras.

Por lo tanto, cada vez más países miembros de la OCDE reconocen la necesidad de incluir estas habilidades en los currículos educativos. En México, la SEP (2017) ha tomado esa decisión al incorporar las habilidades socioemocionales al currículo formal de todos los grados de educación obligatoria en el marco del Nuevo Modelo Educativo 2017, en el cual las habilidades sociales y emocionales se definen como aquellos “comportamientos, actitudes y rasgos de personalidad que contribuyen al desarrollo de una persona” (SEP, 2017) y puntualiza dentro de tal categoría: el conocimiento y comprensión de sí mismo; el cultivo de la atención; el sentido de autoeficacia y confianza en las capacidades personales; entender y regular emociones; establecer y alcanzar metas positivas; el desarrollo de la empatía; el establecimiento de relaciones interpersonales positivas y armónicas; la toma de decisiones responsables; y, el desarrollo del sentido de comunidad.

Hasta aquí todo se lee muy bonito, perfectamente sustentado y por lo mismo totalmente razonable. De acuerdo a lo anterior el reconocimiento de la importancia del ámbito socioemocional y su consecuente inclusión en la esfera escolar eran necesarios; no obstante, aún quedan en el aire algunos puntos que no estarían de más mencionar.

Por ejemplo, debido a que el trabajo docente está basado esencialmente en el establecimiento de relaciones interpersonales (con alumnos, padres de familia, y colegas) y que son precisamente los maestros los que ejecutan el quehacer pedagógico, ellos mejor que nadie dan cuenta del peso de contexto socioemocional en su trabajo, tanto en ellos mismos (docencia como labor estresante,  frustraciones del trabajo, tratar de auto controlarse y no “salirse de sus casillas con algunos alumnos desafiantes”) como en el alumnado (niños con problemas de atención, ira, tristeza, viviendo situaciones de violencia, abandono, entorno socioeconómico totalmente adverso o conflictos en el seno familiar o con sus compañeros). Muchos maestros son conscientes de la importancia del desarrollo de habilidades socioemocionales en el alumnado, el problema es que en realidad no se les ha preparado para ello.

Entre que, si no queda claro, tanto en el discurso y práctica ambiguos a nivel formal e informal, si educar consiste solo en informar (transmitir información académica) o también en formar (inculcar valores y actitudes) se desdibuja la línea de las funciones y el quehacer docente. Algunos maestros no saben si tienen la obligación o el deber de transgredir la línea de lo puramente académico; otros, tratan de velar por el bienestar de los alumnos, con buena intención eso sí, pero sin saber cómo, puesto que “soy su maestra y me preocupo por el niño, pero tampoco soy su mamá”.

A partir del Nuevo Modelo educativo del 2017 (SEP, 2017) queda establecido que es obligación de los docentes el promover y monitorear el desarrollo socioemocional de los alumnos junto a su desempeño académico. Es decir, ahora no sólo pueden, sino que deben incidir sobre esta área del estudiantado. Sin embargo, volvemos al punto ¿cómo van a hacerle los maestros para lograr ese objetivo del currículo? Dicha pretensión implica por una parte de una reforma a fondo en la formación inicial docente desde las escuelas normales y establecer una línea de acción clara en los programas de actualización de los maestros. Pero inclusive cumpliendo este requerimiento básico nos preguntamos ¿quién los va a formar en esta área? ¿Cómo se les va formar? ¿Bajo qué modelo?

La propia OCDE (2016), aunque reconoce la mutua influencia entre las habilidades socioemocionales y las cognitivas, deja claro que existe debate y grandes diferencias entre expertos y sistemas educativos internacionales sobre cual enfoque es el más eficaz para promover las habilidades socioemocionales en la escuela, e incluso señala que se carece de estudios suficientes que señalen las prácticas y métodos puntuales que funcionen mejor en tal o cual contexto.

Aunado a esto, es un reclamo reiterado dentro del magisterio las penosas condiciones en que se llevan a cabo los programas de formación y actualización docente. Es común que los cursos de actualización sean llevados a cabo por otros profesores que no están ni siquiera familiarizados con el tópico a revisar, pero a quiénes las autoridades educativas instaron a impartir dejando al maestro en cuestión en una situación embarazosa y a los asistentes con una sensación de decepción. ¿Se podrán formar las competencias magisteriales necesarias para enfrentar el desarrollo de habilidades socioemocionales con cursos relámpago on-line?

¿Cómo asegurarnos que no habrá nuevas o mayores decepciones del magisterio en la formación en habilidades socioemocionales? Como psicóloga puedo asegurar que las habilidades emocionales no pueden ser fomentadas a través de un mero curso-taller de unas cuantas horas basado en diapositivas, fraseología vacía de autoayuda y ejercicios animados, ni mucho menos proporcionado por alguien que no sea un experto en el tema. Concebir así la formación de esta área sería desvirtuarla, simplificarla a un grado absurdo e incluso insultante.

La construcción del mundo socioemocional es un proceso sumamente complejo que dura toda la vida. Simplemente pretender conocerse, comprenderse y regularse a sí mismo es todo un reto, al cual pocas personas llegan y para lo cual se requiere un arduo trabajo interno y externo. Eso no quiere decir que desarrollar habilidades socioemocionales en el contexto escolar sea algo imposible, más bien que es un tópico que no se debe minimizar, ni tomar a la ligera sólo para que se escuche bien en la nueva retórica educativa.

Por otra parte, al plantear así la educación socioemocional en el documento del Nuevo Modelo Educativo, da la impresión de que los maestros por el hecho de ser adultos ya están capacitados para apoyar y a promover el desarrollo de dichas habilidades en los alumnos. Como si fuera por arte de magia, pero no se puede enseñar lo que no se tiene. Si no, cuántas veces nos hemos descubierto nosotros mismos como adultos sin un adecuado manejo de nuestras emociones, teniendo arranques de ira dignos de un niño pequeño o repitiendo patrones destructivos que sólo nos boicotean, o nos hemos encontrado en el aprieto de estar en una situación indeseable porque nunca desarrollamos la autonomía suficiente para poder decir que NO. Esto pasa porque el llegar a una edad adulta no se traduce necesariamente en ser autónomo, maduro y regulado emocionalmente. Como bien se mencionó, las habilidades socioemocionales se construyen, se desarrollan, se aprenden, no surgen por generación espontánea; por lo tanto, como adultos también es necesario inspeccionar nuestra propia historia y el estado de nuestras propias habilidades socioemocionales para cuestionar, reafirmar, transformar, deconstruir, reparar fracturas y/o cambiar hábitos, patrones y rasgos.

En este contexto, aunque la profesión docente exige ciertas capacidades para lidiar con el hecho de las relaciones interpersonales en el trabajo, eso no los hace expertos en salud mental. Los maestros no son psicólogos ni psiquiatras, ni neurocientíficos. Son profesionales de la educación, antes que nada personas que de acuerdo a su historia y sus propias experiencias de vida construyeron habilidades socioemocionales a través de las cuales es probable que apliquen el currículo que les exigen las autoridades educativas de acuerdo a lo que ellos entienden, por lo que será necesario intervenir desde la formación del docente y generar debate en torno a esta temática, para no dar por sentados muchos aspectos que simplifican o enredan un tópico necesario, si, pero de enorme complejidad.

Diana Victoria Ayala Aguilar

 

Referencias

Instituto de la Estadística de la UNESCO (UIS) (2016). Habilidades para el progreso social: El poder de las habilidades sociales y emocionales.  Traducción española de la original OECD (2015). Skills for Social Progress: The Power of Social and Emotional Skills. Montreal:UIS.

Moncada-Cerón, JS. Y Gómez-Villanueva, B. (2016) Formación de competencias socioemocionales para la resolución de conflictos y la convivencia, estudio de caso en la secundaria sor Juana Inés de la Cruz Hidalgo México. Revista Educación y Desarrollo Social. Vol 10 (1), p 112-133.

Palomera, R., Fernández-Berrocal, P, Brackett, M. (2008). La inteligencia emocional como competencia básica en la formación inicial de los docentes: algunas evidencias. Education & Psychology. Vol 6 (2), pp 437-454.

SEP (2017). Modelo Educativo para la educación obligatoria: educar para la libertad y la creatividad. México: SEP.

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