Sobre el concepto de democracia radical

El ideal de la sociedad democrática -incluso como idea reguladora- no puede ser el de una sociedad que hubiera realizado el sueño de una armonía perfecta en las relaciones sociales. La democracia sólo puede existir cuando ningún agente social está en condiciones de aparecer como dueño del fundamento de la sociedad y representante de la totalidad.

Chantal Mouffe

Hoy el fascismo existe como una amenaza presente, la xenofobia, el patriarcado y la intolerancia encarnan una de las posiciones de liderazgo más relevantes a nivel mundial. Se percibe como una amenaza extranjera y se apuesta por una política de acuerdos y apertura de los mercados, lo que nos lleva a discutir en torno a dos meras alternativas de sistema con distintas formas de autoritarismo. La democracia, y sus principios, lo político en general lo percibimos como “cháchara vieja” y como algo detestable. Vivimos en un mundo plagado por la incertidumbre y la marginación de amplios sectores de la población. Ante esta situación, muy fatalista por cierto, considero necesario detenernos un momentito a reflexionar sobre una propuesta enarbolada por Chantal Moufee a finales del siglo pasado que adquiere nueva vigencia, en un intento por retomar el debate y reflexión política y democrática para generar una alternativa que gira en torno al concepto de democracia radical. Lo que aquí presento es una modesta síntesis que sirva como introducción para abrir el debate sobre esta propuesta y sobre muchas otras que nos ayuden a entender lo que pasa actualmente y a articular algunas soluciones.

La autora parte del agotamiento de la izquierda y de su incapacidad de ver al mundo político más allá del conflicto de clases, una visión dualista y esencialista de la vida política, donde las exigencias, necesidades y demandas sociales son en última instancia ignoradas. Por lo anterior, la izquierda hoy día queda completamente desarticulada, incapaz de generar un frente unido en contra de un enemigo que ya no puede siquiera definir.

Algo similar pasa con el liberalismo-democrático, con el triunfo del capitalismo y el supuesto “fin de la historia” se esperaba un despunte de las instituciones democráticas pensadas desde una racionalidad individualista, instrumental y universal, donde ya no hay cabida al conflicto. Por supuesto no se ha tardado en presentar serias contradicciones, el liberalismo democrático ha sido incapaz de comprender la naturaleza antagónica de lo político, con la caída del bloque socialista se evidenciaron conflictos raciales, étnicos, religiosos y de género que han permeado nuestra cultura desde sus propios orígenes.

Para Mouffe, lo político no puede, y no podrá prescindir nunca del antagonismo, pues éste es parte constitutiva del espacio público y, más importante aún, de la configuración de identidades colectivas. Para entender este argumento, que es central en la propuesta, es necesario entender el complejo proceso de construcción y consolidación de las identidades. No quiero saturar a los lectores con cuestiones harto complicadas, así que basta con decir, de manera muy rupestre, las identidades son formadas por dos “fuerzas” contrarias, una “interna” y la otra “externa”. La primera tiene que ver con el reconocimiento de un nosotros, es decir un proceso constante de identificación y auto reconocimiento; la segunda, es un proceso de diferenciación, es decir el reconocimiento de la existencia de un ellos que es distinto y antagónico a nosotros. Esta relación de conflicto es centro de la “naturaleza” política de toda relación humana e implica un proceso de mutuo reconocimiento, no basta con generar una idea de nosotros, ésta tiene que ser reconocida por la otredad. Es importante resaltar que las diferencias identitarias, por su perfil político, no solo son de carácter descriptivas, sino que tiñen una relación prescriptiva. Dicho de otra forma, nosotros no sólo nos diferenciamos de ellos, también nos situamos en función de ellos en una jerarquía.

Para la autora no es posible ni deseable una política “democrática” donde prime un consenso sin exclusión y por lo tanto trata de defender la idea de un nosotros (si cabe añadir, incluso de un yo) únicamente auto referenciado, es decir sin un ellos, lo que por supuesto implicaría no la eliminación de toda diferencia y jerarquía, sino de toda diferencia y/o resistencia. La propuesta de la democracia radical consiste en reconocer como inevitable la diferencia y discriminación entre identidades colectivas, pero de su carácter prescriptivo, de tal modo que tal distinción se haga compatible en un espacio común y plural.

La pretenciosa categorización entre las diferencias de las diversas identidades y posiciones políticas que representan a la “derecha” y a la “izquierda” ha generado, entre otras cosas, una especie de disociación entre ciudadanía y esfera pública, evitando así el surgimiento del adversario que pueda abanderar verdaderos proyectos alternativos.  Lo público entonces queda reducido a una esfera donde se disputan intereses privados sobre el control de los privilegios.

Lo anterior por supuesto pone en peligro todo intento de consolidar la democracia. Se le abre la oportunidad a ciertos movimientos de extrema derecha que articulan identidades en torno a referentes esencialistas de carácter nacionales, religiosos o étnicos que sólo reconocen “oponentes” políticos bajo los mismos criterios, y por lo tanto lejos de constituirse como adversarios adquieren el carácter de enemigos que necesitan ser eliminados. La desaparición de las líneas divisorias entre partidos políticos, así como, priorizar políticas de acuerdo en función de un pacto de gobierno (como el “Pacto por México”) en pos de un criterio de madurez e eficiencia gubernamental abren nuevos espacios a la extrema derecha, al patriarcado, a la xenofobia, a la militarización etc. y donde la única “alternativa” que surge es la defensa de un status quo autoritario y neoliberal.

La democracia, nos dice la autora, no puede ser considerada como algo natural, ni como el producto lógico de la evolución moral de la humanidad. La democracia como proyecto, es falible y frágil, no ha habido ningún momento en la historia de la humanidad en la que se haya logrado definitivamente, y es un proyecto que tiene que ser conquistado y defendido constantemente. Uno de los mayores problemas que se observan es que la idea de democracia ha perdido su capacidad de movilización, en parte por su identificación con el capitalismo democrático que la reduce en su dimensión política a una cuestión de régimen y al Estado de derecho, además de provocar la marginación y la miseria generalizada de la mayoría de la población. La propuesta entonces es empezar a generar las condiciones necesarias para una democracia radical en el marco de un pluralismo agonístico, es decir una democracia que ponga el acento no en el consenso y en la eliminación de las diferencias, sino en el reconocimiento plural de las distintas expresiones identitarias y de su carácter antagónico, conflictivo y por lo tanto político.

Esta idea de democracia radical implica tomar en cuenta varias consideraciones que podrían parecer un tanto contradictorias. La primera es que no se trata de eliminar toda posibilidad de acuerdo, y de vivirnos en una pugna constante sin sentido los unos contra los otros. Es necesario partir de cierto consenso sobre ciertos principios universales de justicia, de derechos humanos y sobre todo de igualdad y de libertad. Este consenso básico no puede quedar separado de una constante confrontación en torno a la interpretación de estos principios. No se plantea un acuerdo definitivo que permita la defensa y consolidación de ciertas instituciones, es justamente la tensión entre el consenso sobre los principios, y disenso sobre la interpretación de los mismos, donde se genera una dinámica “agonística” que sirve como sustento de una democracia pluralista y de instituciones que permanecen y mutan en función de un genuino dialogo político.

Esto nos lleva a plantearnos el tipo de ciudadanía requerida para construir y mantener a una democracia radical y plural. A este respecto los sujetos políticos que conformen las y los ciudadanos tendrán que ser capaces de articular estos dos ejes de reflexión, por un lado la adhesión a principios de carácter universal y por otro sus manifestaciones particulares, en pocas palabras un universalismo que integre las diversidades en que esta ciudadanía se expresa y se piensa a sí misma. Para que esto suceda es necesario que se den las condiciones de multiplicación de “posiciones de sujeto” que se reconozcan entre sí y se enfrenten en el seno de un espacio político común. En este punto queda manifiesto que el centro de la propuesta gira en torno a la formación del sujeto y la subjetividad; Touraine (1997) apuntaba a un planteamiento similar, donde es el sujeto el ente capaz de articular la necesidad del colectivo y las necesidades individuales (de nuevo aparece la relación entre lo universal y lo particular). La subjetividad política es expresada como formas identitarias concretas y variadas que se traducen en distintas expresiones de ciudadanía, cada una con distintos proyectos y programas puestos a disputa entre sí. Así queda garantizado el disenso de las distintas interpretaciones de los principios universales de libertad e igualdad y el consenso en torno a ellos.

Democracia, igualdad, libertad, justicia. Todos estos principios y valores suenan sin conflicto y disensos a pura demagogia política. Con una somera reflexión histórica podemos dar cuenta que la igualdad y la justicia se han utilizado discursivamente para legitimar regímenes totalitarios, la democracia y la libertad actualmente sirven para dar oxígeno a una de las expresiones más nocivas del capitalismo. Lo anterior no implica ceder ante los argumentos de la post-democracia. Pensar que estos principios ya no tienen vigencia o factibilidad por el uso histórico que se les ha dado significa perder a priori la lucha.

Actualmente distintos movimientos siguen luchando en contra de las variadas y complejas formas de subordinación, la de género, raza, clase, generando conciencia de la necesidad de articular la lucha por la libertad con la lucha por la igualdad, creando y formando proyectos con nuevas formas de ciudadanía. Es necesario seguir discutiendo y reflexionando en torno a estos principios de tal forma que la democracia se pueda extender a una variedad cada vez mayor de relaciones sociales, donde la subordinación y desigualdad se han interpretado y legitimado como parte de la “naturaleza” humana. Con lo anterior se crean otras formas de instituciones en las que se dé cabida a distintas expresiones de la democracia, evitando así caer en las trampas, neoliberal o la socialdemócrata, del juego político de los grupos de interés y de la mera alternancia.

Es necesario que nos quede claro que el objetivo de una política democrática “no es erradicar el poder, sino multiplicar los espacios en los que las relaciones de poder estarán abiertas a la contestación democrática.” (Mouffe, 1999) Una sociedad democrática, es entonces, una sociedad altamente politizada, en donde las relaciones de poder no se traduzcan “naturalmente” en relaciones de dominio, donde la lucha por la hegemonía sea una constante y donde los principios de la democracia, que son la libertad y la igualdad,  se radicalicen y apliquen en todos los niveles de las relaciones sociales.

Diego de Alba Montes-IEESA

Bibliografía

Mouffe, Chantal (1999), El Retorno de lo político: comunidad, ciudadanía, pluralismo y democracia radical, Paidós, México.

Touraine, Alain (1997), ¿Podemos vivir juntos?, Fondo de Cultura Económico, México.

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