La simulación del Estado mexicano ante la pobreza alimentaria

El fin de semana pasado, de visita familiar, observaba como mi sobrino de diez años saboreaba en su parte favorita de la sala, una barra de hojuelas azucaradas y tomaba una leche también azucarada de vainilla (de populares marcas), mientras veía su caricatura favorita en un canal de TV de paga. Seguidamente pude percatarme que la suma de contenido energético superaba las 800 calorías, lo cual hizo que prestara más atención a los informes y notas sobre las últimas estadísticas de obesidad en nuestro país, el cual ya ocupa el primer lugar en obesidad infantil (el 70% de la población es obesa), pero paradójicamente también enfrentamos un grave problema de desnutrición alimentaria ubicándolo en el número 18 en la categoría de desnutrición crónica en un ranking de 101 países (eso hasta el último trimestre del año 2013).

Las cifras son alarmantes, según un boletín del hospital medico infantil Federico Gómez de la Ciudad de México (Departamento de Investigación) se mencionaba que las necesidades calóricas para los menores de edad con un estilo de vida sedentario eran de un intervalo de 1300-1600 calorías en niños y 1200-1500 calorías en niñas (González, Sánchez y Reyes), y cómo podrán observar, mi sobrino obtuvo casi 1000 calorías en dos alimentos poco nutritivos.

Pero, ¿de quién es la culpa?, ¿de los padres?, ¿del gobierno?, ¿de la sociedad en general?, ¿de la ineficacia de las políticas públicas de nuestras instituciones gubernamentales?

Como se sabe, la alimentación es una amplia suma de múltiples factores que engloban el entorno social, la economía y los hábitos familiares, los cuales se pueden conectar con la cultura alimenticia de la región donde se originan muchos tipos de aperitivos alimenticios, por ejemplo hay poblaciones mayas en el sureste del país que aún les dan de desayunar a los niños el “pozol” (bebida energética hecha con una especie de harina de maíz batida, agua y azúcar) grandes y chicos beben de esta bebida refrescante y suficientemente llenadora; o bien, en el caso capitalino, la torta de tamal “guajolota” (tamal de diferente sabor dentro de un bolillo) antes de que los niños entren a la escuela puede ser el suplemento “perfecto” ante la urgencia de llegar a tiempo al aula y que no les cierre la puerta el portero ante la falta de un desayuno en casa y la premura por llegar.

Pero hay hechos recurrentes que producen que los niños no vayan bien alimentados; muchos suelen ser por la afectación de las alzas de precios a la canasta básica que reiteradamente golpea a los bolsillos de los proveedores del hogar, hay niños que no se pueden dar el lujo de desayunar un almuerzo nutritivo, y otros ni siquiera logran tener en el estómago un suplemento de leche procesada, aun cuando sus madres hacen innumerables esfuerzos por ser beneficiarias de los programas sociales que lanza la Secretaría de Desarrollo Social. Y qué decir del papel que juegan los medios de comunicación en difundir su publicidad, puede ser un factor crucial para generar necesidades de ingesta dañina (en exceso) y que los niños las adopten para ser ipso facto los primeros compradores; los niños se convierten en carnada de explotación masiva para las trasnacionales, un núcleo sumamente jugoso de ganancias para la competencia encarnizada en el mercado de los alimentos.

Para darle sentido a esta serie de elementos mencionados uno debe analizar que una vez que somos conscientes en nuestras elecciones alimenticias la experiencia da sentido, forma y potencialmente se establece una pauta y nuestro camino en el comportamiento alimentario que tendremos a lo largo de nuestra vida, es por ello que la etapa de la niñez es fundamental ya que se genera una memoria de prácticas, preferencias y vicios que suelen estar ligadas a nuestro contexto.

Y hay que ser sinceros, los alimentos con mayor aceptación en los niños de 5-13 años son las bebidas azucaradas, las frituras, las comidas con alto rango de carbohidratos (pizza, papas a la francesa, hamburguesas, hot dogs, quesadillas/gorditas) dejando en los últimos lugares a las verduras, legumbres y proteínas, como carnes y pescado o el pollo, así como el agua natural.

La exclusión de los últimos alimentos en cualquiera de los dos problemas: obesidad- desnutrición puede ser una condición fatal para el crecimiento de los niños o de una buena calidad de vida alimenticia. Las tendencias nutricionales de los padres son en palabras de los pediatras y nutriólogos un modulador para determinar los comportamientos alimentarios en los niños. Y aun cuando en el informe FAO-OMS declaró que los resultados en cuanto al combate contra el hambre se han abatido de un 40.4% a 13.6% en los últimos 22 años el panorama de seguridad alimentaria no es equitativo ni mucho menos es alentador.

Expertos coinciden que los programas sociales para contrarrestar la desnutrición en el país son una simulación que no ataca de origen el problema, son estrategias paliativas y de corto alcance, convocatorias que les otorgan a los campesinos empleos temporales y recursos para las cosechas ricas en vitaminas y minerales pero que no sirven de nada cuando vemos el desperdicio en toneladas que se generan cuando los supermercados los rechazan al tratar de abaratar la verdura o la fruta que el trabajador durante meses de trabajo logra cosechar y al negarse a ajustarse al precio que las trasnacionales les exigen para su compra (el cual se torna injusto e insuficiente para su supervivencia) pierden no solo su ganancia, sino también parte de su esfuerzo en el trabajo el cual se traduce al menosprecio del valor de su mano de obra-tiempo.

Una vez más la entrada de grandes compañías, ha creado la bancarrota de pequeñas y medianas empresas mexicanas que se dedicaban a la producción artesanal de alimentos y a su diversificación, despojándolas muchas veces de sus tierras, desincentivándolas en su producción autónoma, aunado a la lamentable condición de regatear los subsidios, vulnerando su estado de soberanía alimentaria y emprendedora.

¿Y para qué? ¿Cuál es el objetivo velado? Si analizamos que extinguiendo las tradiciones culinarias se le otorga el paso automático a la comida rápida, enlatada y con conservadores, que son compuestos químicos que deterioran nuestra salud y con el paso del tiempo terminan en enfermedades mortales como cáncer, hipertensión o diabetes, o bien acabando con las vidas de líderes en pro del ambiente que son asesinados o desaparecidos por defender la tierra de los productores y reservas ecológicas de sus comunidades, para sobrevivir del autoconsumo en regiones donde la mano del gobierno no llega.

Entonces dónde queda la responsabilidad del Estado de proveer soluciones verdaderas a la sociedad, mensajes que son reiterados en actos públicos y en medios de comunicación pero que en los hechos prolifera la toma de decisiones que no son compatibles con lo que se necesita en los diferentes niveles de gestión (municipal, estatal, federal) ni mucho menos con el tejido social que se descompone en formas adversas al bien común. El Estado se convierte en consecuencia en un cínico articulador de instituciones y organizaciones al simular que combate al rezago de la desnutrición y al aseverar que proporciona garantías al acceso a una alimentación sana y suficiente a los estratos más pobres, impactando negativamente a la seguridad alimentaria, la total asequible asimetría que se vive en la distribución del agua y el acceso a una canasta básica satisfactoria, haciendo que los ciudadanos compren alimentos basándose en precios bajos sin importar que sean de calidad energética para sus familias y, en casos extremos, propiciando que personas honestas muten hacia la delincuencia para brindarse a sí mismos un sustento diario.

Sin duda como diría la poeta Emily Dickinson “…multiplicar los muelles, no disminuye el mar”, y México entre sus grandes contrastes es el arquetipo idóneo que logra sin suerte, pero sí con una habilidad distorsionada crear paradojas perversas que lo sumergen en su propia entropía.

Raiza Cachón Salazar

Referencias:

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