Diego Rodríguez, transición del pensamiento

La Merced es uno de los lugares más complejos de la Ciudad de México y del país. Antaño, durante la época virreinal, un centro religioso y científico como pocos; en nuestros días, un centro de comercio de todo tipo que si bien alberga un pasado fundamental para el desarrollo de las ciencias y la educación de la Nueva España y la nación independiente que buscamos ser, también es espacio de explotación sexual de mujeres, niñas y niños.

El templo de los Mercedarios, frailes de la Celeste, Real y Militar Orden de  Nuestra Señora de la Merced Redención de Cautivos cristianos (fundada el 10 de agosto de 1228), se instaló en lo que hoy es la calle República de Uruguay, se puede encontrar el edificio majestuoso y único en su arte mudéjar, tapiado, cerrado, rodeado de gente empobrecida dedicada al comercio informal y cercado por ingentes, cantidades de basura, yace el convento que albergó a una de las grandes mentes de las primeras luces modernas, sumergido en un basural post industrial[1].

La orden de los mercedarios llegó a América en 1594, tras el arribo de los franciscanos en 1525, los dominicos (quienes controlaban la Inquisición) en 1526, los agustinos en 1533, los jesuitas en 1572 y los carmelitas descalzos en 1585.  Hacia 1596 la Orden mercedaria ya contaba con cuarenta religiosos que brindaban un servicio importante de carácter social, lo que les valió una real cédula firmada en San Lorenzo el 23 de agosto de 1597 en la cual la Corona los auxiliaba “con una limosna de mil pesos de sus cajas reales, destinados a la erección del convento que la Orden edificaba en la ciudad de México”[2].

El templo del convento de los mercedarios o de la Merced, fue el más suntuoso de su época, desgraciadamente aquella joya de la historia artística, arquitectónica y cultural fue demolido a causa de las Leyes de Reforma, la guerra que las precedió y el conflicto político entre el clero y el naciente Estado moderno y laico del siglo XIX.

Un joven Diego Rodríguez con diecisiete años de edad ingresó a la Orden de la Merced profesando en ella el 8 de abril de 1613, posteriormente cursó sus estudios mayores de filosofía.  En un ambiente cultural controlado por la Iglesia Católica y en el cual las órdenes religiosas jugaban las veces de los partidos políticos, abrirse camino en el naciente mundo de la “investigación científica”, concepto que aún no existía, resultaba una tarea de carácter heroico. Sin embargo, el ambiente propicio para las investigaciones matemáticas de Diego Rodríguez, como en otros casos significativos, se dio al interior del Convento. Posteriormente se darían las condiciones para la publicación de sus resultados en una extensa obra manuscrita e impresa que no ha visto la luz nuevamente desde hace trecientos años.

En la anterior entrega señalamos la importancia de la cátedra que se le asignó al padre Rodríguez, en esta ocasión cabe señalar que realizó múltiples actividades dentro y fuera del claustro universitario en el que además de formar varias generaciones en la facultad de medicina, llevaba las finanzas de la Universidad.

También resaltan tareas prácticas de alta cualificación en materia de ingeniería, como la intervención en la solución del problema que aquejaba a la Ciudad de México con las inundaciones, Diego Rodríguez formó parte de la comisión que estudió el informe que entregó el marqués de Cadereyta en 1637 a la Universidad, con respecto de las subidas del nivel de agua a más de un metro de altura y las posibles soluciones. “En estas tareas tuvo un papel relevante ya que, en compañía de otros peritos, realizó una visita al tajo que se estaba abriendo y cubicó los volúmenes de tierra que se necesitaban desalojar”[3]

En otra oportunidad haremos la reflexión del significado y las graves consecuencias que ha tenido fundar una ciudad sobre otra bajo conquista, y hacerlo sobre un lago, desecando éste para levantar un modelo urbano, de arquitectura e ingeniería poco pertinentes para tal contexto. Sólo valdría enunciar por ahora que las grandes ciudades del mundo que se fundaron al margen de los grandes ríos, como el Danubio, el Rin, el Tigris o el Éufrates, el Nilo; jamás se propusieron secar sus ricas fuentes de agua y vida.  ¿Habremos heredado este desarraigo destructivo y desecador? ¿Será constitutivo de una subjetividad esclavizada y esclavizante aún vigente en el México de nuestros días? Como sea, nuestro genio ayudó a la obra.

El padre Rodríguez, según queda documentado, ponía en práctica sus conocimientos matemáticos a la menor provocación. En 1654 participa en el concurso convocado por el virrey y duque de Albuquerque para bajar las pesadas campanas de la antigua torre de la catedral metropolitana y subirlas a las nuevas torres apenas terminadas. El mercedario ganó el concurso y de inmediato se dispuso a los cálculos y construcción de los aparatos de madera para la empresa. El domingo 29 de marzo de aquel año fray Diego vio subir la primera campana (doña María) a la torre de la catedral, donde descansa hasta hoy con sus hermanas.

Es posible que, durante el concurso y los trabajos de la catedral, el padre Rodríguez conociera a Melchor Pérez de Soto, Maestro Mayor de la Catedral Metropolitana, arquitecto, bibliófilo, y astrólogo “diletante”[4].  Se presume que Pérez de Soto se incorporó al ejercicio de la astrología judiciaria (lectura de cartas) por influencia de fray Diego Rodríguez, sin embargo, la biblioteca del primero ya era copiosa en títulos prohibidos antes de que se registrara la relación de los dos hombres.  Lo cierto es que el caso de Pérez de Soto es una tragedia intelectual de la Nueva España[5].

Anteriormente los nombres de Pérez de Soto y de Diego Rodríguez fueron mencionados “repetidas veces” por un astrólogo mulato procesado por la Inquisición, quien prohibía enérgicamente tanto lecturas místicas como la “lectura de cartas”, dos actividades muy difundidas y practicadas por la élite intelectual de la Nueva España. El mulato, de nombre Gaspar Rivero Vasconcelos mencionó a los susodichos arquitecto e ingeniero como parte de sus actos nefandos, fue en el año de 1650, aun así, el Santo Oficio decidió procesar sólo a Pérez de Soto[6].

Se acusó a Melchor Pérez de Soto de delitos contra la fe, de la práctica de la astrología prohibida y de tener obras prohibidas por la iglesia entre sus libros, el 12 de diciembre de 1654 se le acusa formalmente y “El día en que fuera hecho prisionero, se encontraba dirigiendo la construcción de las cuatro bóvedas de los cruceros y el avance del campanario oriental de la Catedral metropolitana”[7].

En su proceso mencionó repetidas veces el nombre de fray Diego Rodríguez, pero éste jamás fue investigado ni detenido por el Santo Oficio, se ignora si de manera no oficial se le advirtió del peligro que se ceñía sobre él provocando la moderación de sus afanes místicos y científicos. Pero el proceso de Pérez de Soto sí se alargó penosamente. Una noche en la prisión, después de dos meses de cárcel e interrogatorios inquisitoriales, hicieron acompañar a Pérez de Soto por otro prisionero, pretextando que necesitaba compañía, a la mañana siguiente el arquitecto de la catedral, quien desde su encierro seguía dirigiendo la construcción de las bóvedas, apareció asesinado por su compañero. Tal vez nunca sabremos que pasó realmente con Pérez de Soto, ¿Quién le deseaba tal destino y por qué? Así como de igual forma será difícil desentrañar como es que la figura de Diego Rodríguez resultó tan elusiva a la implacable Inquisición novohispana[8].

De esta forma se ilustra una parte pequeña del conjunto de tramas que conforman nuestra historia intelectual, institucional y educativa, relacionada con el mundo ilustrado y humanista que emergía de la oscura noche del medievo, con los lastres de aquella sociedad que transitó involuntariamente hacia el empirismo causal, abandonando el pensamiento deductivo propio de la escolástica. Curiosamente la literatura mística de las bibliotecas prohibidas ya mentadas, de Pérez o de Rodríguez, contaban con obras como la de Athanasius Kircher (1602-1680), pensador alemán, jesuita, de gran influencia en Europa central y en las colonias, de gran influencia para el pensamiento novohispano que se puede rastrear en Carlos de Sigüenza y Góngora tanto como en sor Juana Inés de la Cruz, por señalar a los más significativos.

Lo curioso es que el pensamiento científico matemático profesado por Diego Rodríguez, nunca dejó de sostener conexiones en la abstracción metafísica y la meditación subjetiva propias de la mística que habita en el empirismo causal y el materialismo. El afán de experiencia y comprobación elevado a método del conocimiento encontró maridaje con la razón instrumental de la institución del Estado secular y la experiencia práctica y política inquisitorial del Santo Oficio, para dar como resultado la razón estratégico instrumental del Estado moderno y sus instituciones con un discurso cientificista y positivo. En palabras del misterioso Fulcanelli:

“Así, la catedral se nos presenta fundada en la ciencia alquímica, investigadora de las transformaciones de la sustancia original, de la Materia elemental (lat. materea; raíz, mater, madre). Pues la Virgen-Madre, despojada de su velo simbólico, no es más que la personificación de la sustancia primitiva que empleó, para realizar sus designios, el Principio creador de todo lo que existe”[9].           

La época de Diego Rodríguez y muchos de sus exponentes pasaron del misticismo y la astrología al materialismo y el empirismo, de la alquimia y la magia a la consolidación del pensamiento inductivo y el método experimental como “contrafuertes de la certidumbre científica”.

            Su obra es generalmente desconocida, consta de un impreso y seis manuscritos resguardados en la Biblioteca Nacional  así como un manuscrito, tal vez el de mayor importancia científica e histórica que se perdió en un absurdo laberinto de burocracia editorial premoderna.

Hasta donde sabemos no se ha hecho una reedición de la obra impresa y nunca se ha impreso la documentación manuscrita, pese a que se trata de obras fundamentales de la historia de la ciencia matemática y del pensamiento de nuestro país y de habla hispana, un testimonio de la transición del pensamiento escolástico al científico en el cual se pueden rastrear los puntos frágiles del segundo redimibles sólo por la filosofía o lo que Hegel llama la ciencia filosófica.

Los textos manuscritos son, por sus títulos originales publicados en El círculo roto de Elías Trabulse:

  1. Tractatus Proemialium Mathematices y de Geometría del P.F. Diego Rodz. Mercedario de Mejico. (119f.)
  2. De los logaritmos y Aritmética del P.F. Diego Rodz. Mercedariio de Mejico. (164 f.)
  3. Tratado de las equaciones. Fabrica y uso de la Tabla Algebraica discursiva. Por el P.F. Diego Rodz. Mercedario de Mejico. Floreció a mediados del siglo 17º. (157 f.)
  4. Tratado del modo de fabricar reloxes Horizontales, Verticales, Orient.s etc. Con declinación, inclinación, o sin ella: por Senos rectos, tangentes, etc. para por vía de Números fabricarlos con facilidad. Por el P.F. Diego Rodríguez Mercedario Calzado de Mejico. (145 f.)
  5. Modo de calcular qualquier eclipse de Sol y luna según las tablas arriba puestas del mobimiento de Sol y Luna según Tychon. (15 f.)
  6. Doctrina general repartida por capítulos de los eclipses de Sol y luna y primero de los de Sol que suceden en los 90 grados de eclíptica sobre el horizonte en todas las alturas de polo así septentrionales como meridionales. Por el P.Fr. Diego Rss. del orden de Ntra. Sra. De la Merced Ron. de Captivos. (70 f.)

Es muy probable que los títulos se hayan puesto por mano ajena para su estudio y después de que fray Diego Rodríguez muriera, pero podemos estar seguros de que son del siglo XVII como el conjunto de los textos. También es importante que el conjunto de la obra fuera escrita por su autor en castellano, esperando o confiando en la lectura más amplia de su trabajo y aportaciones. Al ser un hombre de profusa cultura teológica, filosófica, astronómica, astrológica y matemática, sabía que su trabajo constaba de aportes a la maduración de la naciente concepción del mundo y le interesaba que se publicara y conociera.

Así como Dante y Goethe escribieron en la lengua más vulgar y asequible a sus pueblos, así como Descartes escribió en francés para ser leído por cualquiera que supiera escribir y leer, aunque no dominara el latín, por la razón que impulsó a Lutero a traducir la Biblia al alemán y hacerla imprimir por miles, Diego Rodríguez escribió en la lengua de los criollos y los peninsulares, una importante serie de trabajos que no le llevaron menos de cuarenta años y que normalmente verían la luz en latín.

La única obra impresa fue el:

  1. Discurso etherológico del Nuevo Comenta, visto en aqueste Hemisferio Mexicano; y generalmente en todo el mundo. Este año de 1652… Compuesto por el Padre Presentado Fr. Diego Rodríguez, del Orden de Nra. Señora de la Merced, Redención de Cautivos y Cathedratico en propiedad de Mathematicas en aquesta Real Universidad de México… Con licencia en México. Por la Biuda de Bernardo Calderón, en la calle de San Agustín, donde se venden. (32 f.)

Se sabe de una obra perdida, un tratado sobre logaritmos en el que fray Diego puso un gran empeño, tal vez se trataba de una crítica a obras circulantes en esos días, de autores como Neper[10], Speidel,  Kepler, Briggs y Gunter cuyas obras formaban parte de los acervos en los círculos intelectuales novohispanos.

Envió el manuscrito a Madrid para ser publicado, según el padre Pareja, quien biografió a Rodríguez en el siglo XIX. El destinatario del manuscrito era un tal padre Claudio, quien estaba ya muy viejo para emprender la empresa de la publicación de los dos tomos escritos por nuestro mercedario, el padre Claudio envió de regreso el texto argumentando su incapacidad para la publicación, Diego Rodríguez temiendo perder su obra en un descuido, envió nuevamente el manuscrito a un antiguo discípulo de nombre Francisco Ruíz Lozano a la ciudad de Lima, Perú, para su impresión, lugar que hasta nuestros días guarda el secreto de aquellas letras.

Molay Maza Ontiveros

[1]Para efecto de esta corresponsalía visitamos el #170 de la calle República de Uruguay con la motivación de conocer el por demás obvio museo de sitio que debe albergar un recinto de tal importancia para la historia de la Colonia en América, con fecha 17 de marzo de 2017. Una desagradable sorpresa fue encontrar el lugar abandonado a su suerte por las autoridades culturales y educativas del país.

[2] Elías Trabulse, El círculo roto, SEP, México, 1984, p. 28.

[3] Ibid. p.32.

[4] Ibid. p.34.

[5] Johanna Lozoya, Folios desde la Inquisición, Bajo el Dintel. https://bajoeldintel.blogspot.mx/2010/10/folios-desde-la-inquisicion.html

[6] Causa a Melchor Pérez de Soto, astrólogo, sobre retener libros prohibidos de astrología judiciaria y usar de ella, Biblioteca del INAH, Sección de Manuscritos, Inquisición, vol. 2 (1449-1654), ff. 226-238. Citado por Elías Trabulse, Op.cit. 35.

[7] Johanna Lozoya, Folios desde la Inquisición, Bajo el Dintel. https://bajoeldintel.blogspot.mx/2010/10/folios-desde-la-inquisicion.html

[8] Para tener una idea mínima pero suficiente de los alcances de la Inquisición en la Nueva España puede verse: Edmundo O’Gorman, La Inquisición en México, Cuadernos Mexicanos SEP, México.

[9] Fulcanelli, El misterio de las catedrales, Shambhala, España, 2014, p. 62.

[10] Se puede tratar de Mirifici logarithmorum canonis descriptio de 1614 o de Constructio canonis logarithmorum de 1619.

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