Astrología y matemáticas, un salto a la modernidad

Mercedario, católico, cristiano, como no podía ser de otra forma. Criollo de primera generación, neo-español o proto-mexicano, hombre de ciencia inmerso en un mundo dogmático, pensador agudo en un universo que se pretendía cerrado cual esfera, filosofó de la matemática en un contexto cultural en el que privó la retórica. Sin embargo, fray Diego Rodríguez[1] como otros hombres y mujeres, enfrentaron las circunstancias difíciles superando obstáculos epocales acompañados de un ambiente fértil de curiosidad, indagación e interpelación constante de la realidad y sus expresiones.

Curiosamente se le considera español pues nació en los territorios conquistados por aquel imperio mediante la espada y la cruz en 1519, proceso que se alargó hasta 1567 con la culminación de las últimas campañas de aquella cruzada última, unos cuantos años después vieron nacer a Diego Rodríguez en 1596 para ser más exactos, en Atitalaquia, un pequeño poblado de lo que hoy conocemos como el estado de Hidalgo y se cree que murió en la ciudad de México durante 1668.

La época que nos atañe fue la del complejo proceso mediante el cual va cobrando forma el Virreinato de la Nueva España, aquel crisol multicolor de nuestra historia al que nos aproximaremos apenas un poco.

En realidad, fray Diego Rodríguez es un personaje de vanguardia, adelantado como el que más y de gran inteligencia cuando de superar los escollos del momento y las condiciones imperantes como al momento de hacer las preguntas adecuadas y buscar las respuestas posibles.

Existe la común especie de que la ciencia propiamente dicha comienza en el siglo XIX, incluso estamos muy acostumbrados a pensar la ciencia en términos de la razón instrumental y cuando hacemos esto reducimos la ciencia a la técnica, que tienen parentela pero que no son lo mismo. Digamos brevemente que la técnica domina la transformación del medio y lo subordina las preguntas o intereses el observador, del ejecutor; la ciencia busca la verdad a través de razones.

Comúnmente nos vemos inclinados a pensar nuestros días, nuestros años, nuestro tiempo presente como el depositario de las grandes verdades y los grandes descubrimientos, de tal forma que pensamos en el siglo XX como el de los grandes genios: Einstein, Born, Marie Curie, Bohr, y una pléyade de enormes mentes más.  De la post modernidad y los últimos años del mismo siglo pensamos como los que han visto surgir la única verdad eterna y absoluta “no existe la verdad”, que si fuera verdad sería contradictoria y sería mentira.  Pues hasta acá ha llegado la ciencia, la filosofía y por supuesto la enseñanza.

A estas creencias se contrapone lo que sabemos, que durante los siglos XVI y XVII en las colonias españolas se desarrollaban fuertes, profundas y trascendentes discusiones científico-filosóficas sobre las que descansan grandes teorías y descubrimientos posteriores. Ni todo pasado fue mejor, ni siempre el presente agota lo anterior, ni todo futuro es prometedor. Durante el silo de Diego Rodríguez la gran revolución del pensamiento se concentró en el pensamiento matemático, un pensamiento de larga data anterior, con exponentes de la talla de Tales de Mileto (624-548 a.n.e.) y Pitágoras de Samos (572-497 a.n.e), con los que inicia el pensamiento filosófico después bautizado por Platón, pero sobre todo con los que comienza una separación conceptual del pensamiento mítico religioso y el pensamiento racional, cuya parte más dura y sistemática fueron las matemáticas.

Posteriormente del apogeo de las matemáticas griegas y el pensamiento racional occidental llegan las religiones de oriente y dominan la palestra política abriendo una nueva era con la quema de la biblioteca de Alejandría. Se le ha llamado oscurantismo, pero en esta profunda oscuridad medieval, tras la caída de la disolución del Imperio Romano, había una poderosa luz de sabiduría que se expresó durante siglos en obras arquitectónicas de gran precisión y belleza artística.

Eso sí, en el ámbito del pensar, el diálogo de la filosofía cedió lugar a la teología y en las escuelas conventuales las preguntas por el Ser dejaron lugar a las preguntas por el ente. Es decir, cuando más profundidad requería el pensar en la demostración de Dios y su existencia, más pronto se disolvió la inteligencia en las mieles de la religiosidad conventual, el dogma y el nuevo modus vivendi que fusionaba el antiguo Estado heredado de la Roma imperial con la iglesia empoderada por siglos de resistencias, victorias, institucionalizaciones y consolidación en los preceptos de San Pedro y los padres de la Iglesia, aderezado con el estudio perpetuo, mecánico y repetido de la filosofía de Aristóteles recuperado por los moros, pero puesto sobre sus pies por los teólogos de la “verdadera fe”. Una etapa compleja más que monolítica, multicolor más que oscura.

Sin exageración alguna se puede decir que fray Diego Rodríguez se ubica entre Copérnico (1473-1553) y Newton (1643-1727) más allá de cronologías. Sin desprenderse de la mística de la astrología judiciaria (por lo que tuvo interesantes encuentros con la Inquisición), sin dejar de sentir y dedicar cálculos nocturnos incesantes a la influencia de los astros en la vida, el poder de lo de arriba en lo de abajo, así como sin abandonar su fe católica, abordó con enorme creatividad el estudio profundo de la ciencia matemática.

El 22 de febrero de 1637 y después de varias peripecias y rechazos se aceptó su solicitud para dar cátedra premiando y reconociendo sus 30 años probados dedicados al estudio sistemático de esta ciencia.  Este nombramiento de catedrático de matemáticas fue confirmado por el virrey marqués de Cadereyta el 23 de marzo de aquel año.

Curiosamente la materia se llamó Astrología y matemáticas, pero detrás de esta engañosa nomenclatura resalta que es la primera ocasión que se incorpora a los estudios tradicionales venidos desde el medievo, una materia totalmente moderna. Con esta cátedra inicia la modernidad científica propiamente dicha en la Real y Pontificia Universidad novohispana y en todos los territorios coloniales españoles.  A la altura de Kepler y Tycho Brahe, seguramente dio cátedra al gran Carlos de Sigüenza y Góngora, abriendo junto con muchos otros, una nueva era de la cultura y el pensamiento en América y el mundo.

Molay Maza Ontiveros

[1] Elías Trabulse, Un científico mexicano del Siglo XVII: fray Diego Rodríguez y su obra, en El círculo Roto, FCE, México, 1984. P. 25-65.

En adelante todos los datos corresponden a la misma fuente.

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