Competencias en educación

 

Toda sociedad que alcanza un cierto grado de desarrollo se inclina a practicar la educación, ya que constituye el principio mediante el cual el grupo humano conserva y transmite su peculiaridad física y espiritual a las nuevas generaciones. La educación no se agota en el individuo, sino que pertenece por su esencia a la comunidad, y a ella se extiende.

El carácter comunitario queda impreso en cada uno de sus miembros a través de la educación y es el hombre, el zoon politikon que dijo Aristóteles, la fuente de toda acción y de toda conducta, pero no referida a sí mismo, sino en función de los demás. De la educación depende el crecimiento de la sociedad, no del individuo solo. La educación decide el destino exterior y la estructura interna de toda sociedad, ¿qué Estado queremos, como lo queremos y para qué lo queremos?

Para Juan Jacobo Rousseau, la educación consiste en enseñar al hombre a ser feliz, aquí y ahora. La educación es la creación del hombre, para hacer hombres a los niños, consecuencia y fin de su evolución natural y social. El hombre que se pretende como modelo no está aislado de su entorno, no es individualista o anárquico, por el contrario, es un ciudadano integrado en la sociedad, que participa y fundamenta su actuación en libertad.

El individuo es dueño de su libertad, pero no debe trasgredir la de los demás, lo que genera un sano equilibrio de convivencia, sea por acuerdo mutuo entre iguales o por acuerdo de voluntades certificado por un tercero: la autoridad. Pero, ¿en qué momento se inserta este individuo educado en un proceso de transformación productiva, económica y social? ¿Es suficiente la repetición de patrones de comportamiento a lo largo del tiempo para alcanzar estabilidad social, para lograr ciudadanía y representación gubernamental comprometida con la propia sociedad?

Si bien es cierto, que la educación puede estar basada en un sistema de observación y repeticiones entre los individuos de la sociedad, en largas jornadas de enseñanza, aprendizaje y retención de conocimientos, esto ha venido evolucionando en las recientes décadas, sobre todo a la luz de las grandes transformaciones tecnológicas y de comunicación que revolucionan las relaciones sociales, los mercados de trabajo, la producción y el consumo, pero también los paradigmas de comportamientos individuales y los requerimientos que sobre cada individuo reclaman las distintas sociedades y los diferentes Estados nacionales, que son comunes en un espacio o aldea global.

Bajo este argumento, la transición del modelo educativo tradicional, aquel basado en el método de enseñanza-aprendizaje y eje conductual en la réplica del conocimiento, que busca su inserción entre el alumnado a partir de un enciclopedismo generalizado, por uno ligado al fortalecimiento de las capacidades de los individuos es más evidente que nunca, aunque su implementación dista de consolidarse en el sector educativo en todo el mundo y, en México en lo particular, su objeción deriva en parte por la forma como se ha querido imponer su instrumentación, de manera unidireccional y no consensuada.

Esto obedece en gran parte a que las prácticas gubernamentales y ciudadanas están delimitadas por un mundo globalizado, que tiene como referente un modelo que defiende la liberalización económica, la privatización de los servicios, la apertura de mercados locales a internacionales, el fomento al libre comercio y la desregulación de las propias actividades de mercado (neoliberalismo), modelo impulsado desde finales de los ochenta por diversos organismos internacionales como el Banco Mundial, el Banco Interamericano para el Desarrollo y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, así como el gobierno de los Estados Unidos de América (Consenso de Washington), que en temas educativos busca generar un enfoque hacia el desarrollo de competencias, con la focalización hacia la resolución de problemas prácticos, el razonamiento conductual sobre el entorno y su problemática, así como una revisión e instrumentación de procesos, para que la generación del conocimiento tenga cabida en el ámbito laboral.

Bajo el enfoque de las competencias en la educación: saber conocer (conocimientos), saber hacer (habilidades) y saber ser (actividades y valores), se propone un viraje de la memorización o retención de datos por un enfoque situado en ofrecer resultados tangibles y fortalecimiento de habilidades, pero también la ausencia del carácter crítico sistémico, de corte condescendiente y poco contestatario (si no es que nulo). Este enfoque paradigmático sobre la educación por competencias se enmarca en las reformas de segunda generación iniciado a principios de año 2000 (Díaz Barriga, 2011), pero que tiene antecedentes más remotos en los años 30 con la división y especialización del trabajo, su mecanización y la producción en cadena (Frederick W. Taylor, Henri Fayol y Henry Ford), con el objetivo de eficientar procesos.

La diferencia entre uno y otro radica en el espacio hacia el cual están dirigidos: en el caso del taylorismo, fayolismo y fordismo se ubican en el ámbito del trabajo, su especialización y producción, bajo la creación de estándares y perfiles propios para cada tramo de actividad en la industria y en la organización administrativa; en el caso del nuevo modelo educativo, el fortalecimiento de las capacidades de los trabajadores es ex ante, es decir, previo al ingreso a la vida laboral, la educación en consecuencia es un medio de reproducción de mano de obra capacitada (alta dirección u operativa, sin distingo) desde las instituciones educativas públicas o privadas para beneficio del propio sistema económico. Se busca la creación de ciudadanos aptos y con capacidades y habilidades para el trabajo, pero sin sentido social, sólo reproductores de un gran sistema de producción de capital y reproducción de trabajo para el consumo.

De ahí la crítica a este enfoque, su sentido practicista y su racionalidad limitada. No obstante, en el modelo económico actual, la introducción y puesta en marcha de un modelo educativo que privilegia las capacidades parece inminente por su necesaria relación con el mercado, la industria y el comercio globalizado. Su fortaleza radica en hacer más específica y concreta la educación, mejorar su calidad y utilidad, así como dar una mejor atención a partir de la incorporación de las nuevas herramientas tecnológicas y de comunicación. Para ello se establecen indicadores que permiten medir para mejorar, evaluando los campos laboral, conductual, funcional y psicológico. La definición de estándares y su logro permiten mantener supervisada y monitoreada a la educación y, lo más importante, a los futuros profesionales.

Pero en sentido contrario, su debilidad es notoria: la deficiente o nula capacidad para generar ciudadanos críticos, solo ciudadanos neoliberales que produzcan bienes y reproduzcan el estado de cosas en que viven, sin la posibilidad argumentativa de cuestionar, contradecir y, menos aún, movilizarse contra tal o cual decisión gubernamental o implementación privada de actuación.

La inserción en un mundo globalizado inhibe pensar que la educación en México es ajena al entorno internacional, pero también sería irresponsable concebir un modelo educativo para todo el país, ajeno a las propias especificaciones de regionalización y diversos mosaicos culturales que lo integran, así como a su amplia geografía y disparidad económica.

El enfoque por competencias en la educación implica dotar no solo de los conocimientos generales al alumno, de corte universal y enciclopédico, sino emitirlos en función de su impacto laboral y en el entorno económico. No es menor tal reto, máxime que puede inhibir el razonamiento tradicional que enmarca el pensamiento crítico. La pregunta es ¿queremos más críticas del sistema? O bien, ¿queremos más críticas para mejorar el sistema? La respuesta no es sencilla, la realidad socioeconómica y el rezago social del país obligan a que el enfoque educativo basado en competencias, sea con el pleno reconocimiento del mosaico diferenciado y necesidades específicas que subsisten en todo el territorio nacional.

Pedro San Martín Barrios

Referencias bibliográficas                                         

Borrero S.J., Alfonso (1989). Presentación. En: La Politeia (p.15). Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.

Iglesias, Mª del Carmen (2008). Prólogo. En: Emilio o de la Educación (p.12-15). España, EDAF.

Díaz Barriga, Ángel (2011). Competencias en educación. Corrientes de pensamiento e implicaciones

para el currículo y el trabajo en el aula. Revista Iberoamericana de Educación Superior. Núm. 5 Vol. ii. En: http://ries.universia.net

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