Educación y democracia

Es un lugar común de lo más visitado afirmar sin temor a enjuiciamiento que la educación es fundamental, pero en muchas de las veces la cosa se nos dificulta al precisar ¿fundamental para qué? ¿Para generar nichos de mercado? ¿Para aumentar la productividad de la industria? ¿Para entrar en modelos de libre mercado? ¿Para consolidar una cultura competitiva y/o conquistadora?,… Supongamos que nos referimos a que la educación es fundamental para lograr la felicidad de las personas, respondiendo al artículo 24 de la Constitución de Apatzingán firmada en octubre de 1814[1] por José María Morelos (1765-1815) entre varios próceres de nuestra independencia. Ya que nos decidimos por apuntar a la felicidad del pueblo, de las y los ciudadanos, podemos suponer que el régimen político en que mayor posibilidad hay de que más personas alcancen la felicidad es un régimen democrático, pues partimos de la premisa de que la felicidad se logra a través de la libertad, la justicia, la igualdad, la fraternidad, la paz y la solidaridad. Definamos temporalmente al menos, la felicidad como el ejercicio pleno de los principios enunciados.

Visto así la educación es fundamental para construir una democracia, pero ¿por qué? ¿Qué características de la democracia dependen de la educación? Digamos brevemente que el elemento central de cualquier democracia es la persona humana, el individuo. Pero el individuo adquiere capacidades y facultades que le permiten auto determinarse convirtiéndose en sujeto de derecho y en partícipe del mismo. Un individuo racional, capaz de decidir en función de su mejoramiento y el de su entorno social se convierte en sujeto de su propia historia, se apropia de su subjetividad asumiendo su libertad. Digamos que el individuo libre, ético, consciente, no es otra cosa que el sujeto racional, a su vez éste es el agente fundamental de la democracia y su producto también, su principio y su fin.

El individuo en su calidad de sujeto se convierte en ciudadano cuando reconoce conscientemente las leyes, que deben regir su comportamiento para con los demás y para sí mismo, esta relación de sujetos y leyes, de instituciones y roles de gobierno es lo que llamamos Estado de derecho. En un Estado de derecho democrático, justo, libre, ético y responsable para con todos y cada uno de sus miembros, es más posible que los seres humanos se desarrollen de forma completa y alcancen la satisfacción de su vida.

A partir de lo que hemos dicho, la democracia no se puede definir únicamente como un mecanismo para elegir gobierno, o autoridades, dirigentes o mandatarios. Debemos insistir en una definición más amplia y más profunda, acudiendo a Hegel diremos que la democracia es el Estado racional, ético que garantiza y se nutre de la libertad, consiste en encontrarnos a nosotros mismos en los demás, es decir, encontrar nuestra igualdad en el reconocimiento y el respeto de nuestras diferencias, igualdad de derechos, en un marco legal en el que todas y todos podemos participar de la vida política y pública, donde todas y todos podemos desarrollar nuestras capacidades y habilidades, eligiendo los oficios, trabajos y disciplinas que mejor satisfagan nuestros deseos, siempre en consideración de los derechos y necesidades de los demás, un régimen que reconoce a los seres humanos como fines en sí mismos y en el cual las obligaciones de cada uno están definidas en función de sus capacidades.

Por eso la educación es fundamental para la democracia, pues nadie nace sabiendo vivir en comunidad, nadie nace conociendo los derechos humanos y las libertades democráticas, de hecho lo humano se construye en el desenvolvimiento de la vida, como seres gregarios que somos, vivimos dependiendo de los demás desde que nacemos y nos formamos ciudadanos viviendo la ciudadanía. La democracia necesita demócratas y los demócratas se construyen en todos los ámbitos de la vida o no se construyen. Por esto último es tan pertinente el concepto de educación democrática para el siglo XXI y la apertura del concepto de educación superando las fronteras establecidas por las aulas, las escuelas y el equipo docente. La educación es problema y responsabilidad de todas las instancias del Estado, insistimos, como comunidad política.

El sujeto de la democracia no se incorpora de una día para otro por motu propio, la ciudadana no ejerce sus derechos espontáneamente porque amaneció de buenas y con ganas de hacerlo, nos formamos ciudadanas y ciudadanos, sujetos de transformaciones en nuestra comunidad en la vida cotidiana, aprendiendo la moralidad y la ética de la vida en común desde nuestros hogares, a través de los medios de comunicación, observando e imitando a nuestros mayores en los espacios privados y públicos, tanto como en las escuelas, desde la educación preescolar, básica, media y superior. De tal forma que las cualidades y hábitos que aprendamos, en estos espacios y por estos medios, de lo humano, determinarán las cualidades de nuestra ciudadanía, lo que definirá la calidad de nuestra democracia. Cuando se enseñan antivalores sublimados a categoría de “lo correcto” o “lo que se hace porque sí”, es cuando aparece el abuso y la indiferencia ante la injusticia.

Fernando Savater (San Sebastián, 1947) afirmó en una conferencia y diálogo con profesoras y profesores, que “la democracia educa en defensa propia” (Savater, 2013), la educación pública es el instrumento esencial para la formación de ciudadanos exigentes con su democracia, dispuestos a participar en la solución de los problemas de gobierno y capaces de articular propuestas para la toma de decisiones más importantes que afectarán a la colectividad. El riesgo está en no asumir responsablemente esta obligación, pues el resultado es la apatía política, la desinformación, el desconocimiento de lo humano en los demás tratando a nuestros semejantes como objetos y no como sujetos, como medios y no como fines, el desinterés por la comunidad política y en seguida la violencia.

Jaime Torres Bodet (1902-1974) definió la democracia y aún se lee en el artículo tercero de nuestra carta magna, “[…] considerando la democracia, no solamente como estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico social y cultural del pueblo” (Tena, 1957, 808)[2] por lo que podemos afirmar que nos encontramos frente a una relación dialéctica en la que el sujeto racional construye democracia y ésta a su vez construye al sujeto racional. La educación es el engrane que comunica las aspiraciones y objetivos de la comunidad política democrática con el sujeto que tiene la capacidad de concretar estas aspiraciones en la vida real y cotidiana, en la historia, y en los y las ciudadanas libres.

Molay Maza Ontiveros

Referencias:

Constitución de Apatzingán, México, 1814, en: http://www.diputados.gob.mx/biblioteca/bibdig/const_mex/const-apat.pdf

–Savater Fernando, El valor de educar (seminario), Catedra Alfonso Reyes del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, publicado el 9 de octubre de 2013, en: https://www.youtube.com/watch?v=uJEaarNA4lg

–Tena Ramírez Felipe, Leyes fundamentales de México, 1808-1957 Dirección y efemérides de: México, Porrúa, 1957.

[1] Capítulo V, articulo 24 que a la letra dice: “La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos, consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad. La integra conservación de estos derechos es el objeto de la institución de los gobiernos y el único fin de las asociaciones políticas” (1814).

[2] Ver también: http://www.juridicas.unam.mx/legislacion/ordenamiento/constitucion-politica-de-los-estados-unidos-mexicanos#10538

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