Los docentes y la educación sexual.

La sexualidad humana es un tema que permea cada esfera de nuestra vida, no se limita solamente a los aspectos  reproductivos, si no que incide en la construcción de nuestra identidad así como en la forma de relacionarnos con nuestro cuerpo, afectos y con las demás personas. La sexualidad está enmarcada en todo un sistema de regulaciones, significaciones y valores los cuales difieren entre contextos. Por lo tanto, aunque sus bases se encuentran en las necesidades biológicas, la sexualidad es esencialmente una construcción social.

Como dimensión omnipresente en el desarrollo del ser humano, su educación se considera una prioridad. Sin embargo, la educación sexual ha sido una de las cuestiones más debatidas en el ámbito educativo, debido a la fuerte carga emocional que implica la temática; mueve nuestras fibras más íntimas y nos confronta con nuestros propios valores, deseos, fantasías y miedos.

Los puntos de conflicto suelen referirse principalmente a cuestiones como quién debe impartir dicha educación, la edad en que debe iniciarse, la extensión y lo explícito de la información, y si educar sexualmente a los jóvenes realmente provee consecuencias benéficas o al contrario promueve “la promiscuidad” y genera que los chicos inicien su vida sexual cada vez más tempranamente.

Múltiples investigaciones han comprobado una y otra vez que una educación sexual pertinente tiene múltiples beneficios como son el retraso en la edad de inicio de la vida sexual, el aumento de prácticas de prevención anticonceptivas con la consecuente disminución del embarazo adolescente y de infecciones de transmisión sexual, la mejoría en la comunicación con su pareja y familia,  promueve la equidad de género, así como ayuda a aclarar y definir los propios valores y actitudes personales y religiosos.

Apoyados en estos resultados, padres de familia y maestros quisieran ayudar a los chicos a resolver sus dudas y proveerlos de las herramientas necesarias para que puedan tomar decisiones y ejercer su vida sexual de manera responsable. La cuestión no es si los jóvenes necesitan o no educación sexual, si no quién y cómo se las va a proporcionar. A pesar de sus buenas intenciones y preocupación, muchos padres no están adecuadamente preparados y no saben cómo abordar el tema con sus hijos, a lo que tampoco ayuda la reticencia y vergüenza que expresan los chicos de hablarlo con ellos. Por lo que se ha apostado por una impartición estructurada de educación sexual en las escuelas.

En México, existen programas de educación sexual desde 1974. En sus inicios estos programas se centraron en temas como pubertad, reproducción e infecciones de transmisión sexual, sin embargo, a través del tiempo han sido objeto de múltiples transformaciones influenciadas tanto por los cambios de gobierno como por las diferencias de la opinión pública, añadiendo contenidos cada vez más amplios y complejos que transcienden las cuestiones meramente biológicas. Además, en el 2008, México firmó la Declaración Ministerial “Prevenir Educación” junto con otros 27 países de América Latina comprometiéndose a promover una educación sexual integral y reducir el porcentaje de población estudiantil sin acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva con resultados esperados para el presente año.

Actualmente se espera  que un programa de educación sexual integral tenga como finalidad que los alumnos adquieran conocimientos y habilidades para ejercer su sexualidad de manera autónoma, responsable y placentera, así como para entablar relaciones interpersonales respetuosas, democráticas y equitativas.

Por la naturaleza de la temática, educar sobre sexualidad no es como dar clases de español o de química, no se trata de información que pasa solamente por el registro de lo racional, si no que es esencialmente vivencial y emocional; la sexualidad no sólo se sabe si no se vive. Dichos rasgos la convierten en una peculiaridad pedagógica que debe ser tratada de manera diferente y con mayor grado de especialización.

Debido a esto, es notoria la figura central del maestro al impartir la educación sexual, no obstante para ello es necesaria una alta capacitación en estos temas, que muchas veces, los profesores no tienen del todo. En esta problemática confluyen diversas situaciones; a continuación describiré algunas de ellas.

Por una parte, pareciera que es justo esa característica vivencial de la sexualidad la que genera la resistencia o desinterés en algunos profesores en capacitarse sobre ello; se llega a sostener la idea de que ellos ya saben y no necesitan ser educados al respecto: “Nos dan cursos de sexualidad a nosotros no sé para qué, los que lo necesitan son los muchachos nosotros ya estamos grandes, ya tenemos familia, ya sabemos”, escuché decir a algún profesor sobre los cursos de capacitación docente. A veces se cree que ser adulto con una vida sexualmente activa e incluso con descendencia, basta para ser experto, pero esto no es necesariamente cierto. Se necesita también de un bagaje teórico que nos ayude a ampliar nuestro conocimiento y perspectiva, que sirva de referencia para releer nuestra sexualidad, así como para revisar y contrastar nuestros valores, actitudes y comportamientos al respecto bajo otra luz, tengamos la edad que tengamos.

Lo que suele ocurrir comúnmente es que si bien pocas cosas sirven tanto para aprender como el ensayo y error,  al pretender educar a los alumnos con base en la experiencia personal (con todo y lo valiosa que esta pueda ser), se corre el riesgo de transmitir los errores, mitos, dudas y prejuicios propios. Además de que no se debe perder de vista que el contexto y los valores en los que crecimos son diferentes a los de los muchachos de hoy en día, por lo que las respuestas a sus dudas e inquietudes pueden estar sesgadas de acuerdo a nuestro filtro, en lugar de estar apoyadas en información veraz, imparcial y basada en evidencia científica.

En otros casos, lo que detiene a los maestros  es el miedo. Debido al temor de tener problemas con los padres de familia y/o los directivos del centro escolar o incluso a meterse en temas “escabrosos” con los adolescentes que no sepan cómo manejar, prefieren no correr riesgos y abordan los temas con una actitud superficial y precavida limitándose a tópicos que no los comprometan como la anatomía y reproducción, obstaculizando el logro de proporcionar una educación sexual integral.

Por otra parte, aunque la necesidad de la formación del profesorado como educadores sexuales es evidente, y aun contando con su disposición, los programas de formación y capacitación no suelen ser los óptimos. Los maestros consideran que carecen de una mayor sistematización o que son de una duración insuficiente. A pesar de que esa es una constante  en los cursos de muchas otras materias, se torna  particularmente problemático en este caso debido a que las habilidades y competencias necesarias para asumir el rol de educadores sexuales no se adquieren en poco tiempo en cursos aislados y sin una articulación coherente. Se requiere de una capacitación de calidad  que se otorgue de preferencia desde la formación inicial, que sea gradual, sistemática  e impartida  por especialistas.

Por lo tanto es necesario prestar mayor atención a un área educativa que a pesar de su importancia ha sido un poco relegada, la educación sexualidad demanda ser abordada de una manera estructurada, integral y sensible. Para lograrlo se requiere tanto de programas de formación docente altamente especializados, así como la voluntad y compromiso del profesorado de confrontar su propia historia, valores, temores, actitudes y comportamientos en relación a la sexualidad en pro de resolver las dudas de los jóvenes y ayudarlos a construir y ejercer la suya en un ambiente de paciencia, sensibilidad y confianza. La sexualidad nos mueve e implica involucrarse, educarnos para educar.

@dianavIEESA

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