Vasconcelos: el México mestizo, la raza cósmica y la educación pública.

Tras diez años de guerra civil, la revolución mexicana había dejado al país en bancarrota, desarticulado social, económica y políticamente. Cerca de un millón de mexicanos murieron en la década de 1910, algunos por el conflicto armado, otros por las epidemias que asolaron la República, algunas decenas de miles más tuvieron que emigrar al extranjero. El país que recibió el gobierno de Álvaro Obregón en 1921 era uno sumido en la violencia y con algunos estados fuera del control federal, nada tenía que ver con ese México que celebró ante el mundo su Centenario en 1910.

La diferencia radical –que no única- fue que en 1910, los políticos mexicanos se imaginaban entrando en “el concierto de las naciones” (a la Modernidad) en condiciones de igualdad, con una economía de enclave sólida y un régimen político estable. La Revolución demostró que esa economía y estabilidad se sostenían en la miseria de un gran porcentaje de la población, campesinos, obreros e indígenas fueron explotados en condiciones deplorables para que una mínima parte de la sociedad viviera en la opulencia y con los ojos puestos en Europa.

El racismo con que los políticos del porfiriato –y antes- habían dirigido la nación se basaba en la idea de que México estaba fracturado. Veían –en términos generales- que la sociedad mexicana estaba dividida entre una minoría blanca, encargada de la política, los negocios y la administración pública, una mayoría mestiza que a lo largo del siglo XIX se había abierto paso a las comodidades del “progreso” y una porción (desconocida pero mayoritaria) de indígenas a quienes achacaban el atraso y consideraban un lastre para el progreso.

Ese mismo racismo se encargó de reprimir las muestras de inconformidad (algunos consideraban que las rebeliones indígenas demostraban contundentemente la mente “primitiva y sanguinaria” de los indios), hasta que estas reventaron en los levantamientos populares de la Revolución. De repente y para terror de los antiguos políticos y “gente bien”, una masa de indios y campesinos (una masa de Otros) entraba en escena a exigir sus derechos y a acotar aquellos de los latifundistas e inversionistas extranjeros. Esta masa fue el componente de los ejércitos revolucionarios (fueran estos zapatistas, de la División del norte, constitucionalistas, o  incluso federales) y quien, a fin de cuentas, hizo la Revolución. Además dicha masa sostenía al régimen que para 1920 empezaba a consolidarse.

Los políticos agrupados en torno al presidente De la Huerta y después al presidente Obregón sabían que estaban en deuda con los millares de campesinos, obreros e indígenas que combatieron bajo su mando por la Revolución. La deuda debía ser saldada con un pacto que beneficiara directamente a las masas y consolidara el poder del grupo que triunfó en las armas. Y hubo varios logros, leyes laborales, de propiedad, una nueva constitución. Sin embargo, el logro más duradero fue el impulso educativo y cultural que fomentó el presidente Obregón, del cual aún hoy podemos ver lo que queda: la SEP y el sistema educativo de México.

Consientes del racismo con que los políticos habían tratado a la población rural e indígena, se encomendó a un filósofo delinear una política cultural que fomentara la (re)integración nacional, y, como toda revolución, generar un Hombre Nuevo. José Vasconcelos fue nombrado rector de la Universidad y luego, por iniciativa personal fundó y fue el primer secretario de la Secretaría de Educación Pública federal. Ahora bien, ¿cuál fue la propuesta hecha por Vasconcelos?

Vasconcelos –como casi todos en su generación- había sido educado bajo ideas racistas, según las cuales, los indígenas eran un lastre  degenerativo para la raza y la cultura en México. Estas ideas estaban muy difundidas y aceptadas, se sustentaban en algunas “ciencias” como la frenología, la antropometría, la teratología, etc, es decir gozaban de legitimidad y consenso ante la comunidad científica (después se ha demostrado que estas ciencias partían de bases falsas y que sus conclusiones eran muy endebles). El darwinismo social y el positivismo fueron las bases del pensamiento de Vasconcelos y de otros como él que, aunque educados en estas ideas, vieron como perdían toda razón de ser y vigencia ante el levantamiento popular.

La fórmula de Vasconcelos básicamente invirtió la escala de valores del darwinismo social. Si el darwinismo consideraba la cruza entre distintas razas, motivo de “degeneración”, en la idea de Vasconcelos la cruza de distintos tipos humanos asimilaba las mejores cualidades de cada uno en la futura generación. Si para el darwinismo los indígenas eran un atraso evolutivo, Vasconcelos les adjudicó una herencia gloriosa, ser descendientes directos de la Atlántida y con ello ser una raza que evolutivamente estaba más preparada al medio que las razas europeas. Si el darwinismo veía en el alcoholismo la causa principal de la “degeneración de la raza indígena”, Vasconcelos más allá de juzgar como irremediable esa situación, realizó las primeras campañas contra el alcoholismo. Si los políticos racistas del siglo XIX habían preferido no educar a las masas por miedo a que se rebelaran, Vasconcelos –como varios humanistas antes que él- decidió poner énfasis en educar indistintamente a los indígenas, a los campesinos, a las mujeres de todo México para así lograr un progreso generalizado y desarrollar (por medio de la educación pública) una cultura nacional, que compartieran lo mismo habitantes de Baja California o de Quintana Roo.

El voltear los principios del racismo del siglo XIX podría ser fácil. Pero Vasconcelos no se quedó ahí. Desde la Universidad primero y después desde la SEP creó toda una mística educativa. Es decir, le dio un carácter casi mágico a la educación, en la que depositó la esperanza, el futuro de la nación y la redención de la “raza mexicana”. Vasconcelos compartía la idea que México se hallaba fracturado entre blancos, mestizos e indios, y asignó a la educación el papel de hacer que todas estas poblaciones se conocieran, se mezclaran y que de su síntesis brotara una sola cultura para un solo pueblo, el mexicano. Así es como el mito de que México es un país mestizo pasó a ser parte indispensable de la ideología del Estado.

En esta época, en particular durante el gobierno de Plutarco Elías Calles es cuando las ideas de lo “típico” mexicano se producen y pasan a la imaginación colectiva. Los sarapes de Saltillo, el son jarocho, el jarabe tapatío, las “bombas yucatecas”, toda la diversidad cultural que las distintas regiones tenían pasaron a conformar lo “popular” nacional. Hay también una revaloración no sólo del pasado prehispánico, sino de la vida indígena. A la cual se le ve como con idealización y nostalgia ante el avance de la vida urbana y “maquinista”. El indígena dejó de ser visto como un “lastre” y empezó a ser concebido oficialmente como el origen del cual enorgullecernos.

La educación fue el vehículo por el cual esta corriente de revaloración de lo propio, de lo provinciano, de lo rural y de lo indígena se difundió. El propósito fue educar a todos los mexicanos por igual, dotarlos de las mismas herramientas y de la misma cultura para así poder aplanar el camino para el mestizaje racial; del cual saldría la raza mexicana ya no como varios pueblos enemigos entre sí, sino como un nuevo ser que hubiera asimilado tanto las bondades raciales de blancos, como de mestizos e indios.

Vasconcelos sentó las bases para lo que se llamó después el “nacionalismo cultural”. Debido a él, y a sus colaboradores y a la libertad con la que lo dejó operar el presidente Obregón, México se puso a la vanguardia cultural. El muralismo, la sinfonía nacionalista, la antropología y las ciencias sociales se vieron influidas por la mística del mestizaje que Vasconcelos elaboró. Pero ahí no terminaba el plan de Vasconcelos, él también se encargó de voltear hacia América Latina, como una fraternidad de países que comparte una cultura: la hispánica. Vasconcelos también fomentó lazos de amistad e intercambio cultural con países de América del Sur, siguiendo la idea de que la “raza mexicana” (producto de la Revolución) más adelante seguiría recibiendo distintos pueblos para seguir mezclándose y así conformar la síntesis humana. Una raza única para todo el planeta: la raza cósmica.

Vasconcelos no fue el único en pensar así, ya existía desde el siglo XIX una corriente intelectual que veía necesaria la mezcla racial para poder unir al país. Esta corriente “mestizófila” o “mestizante” según quien la analice, no escapa de tener fundamentos tan falsos y endebles como aquellos en que las ciencias raciales se basaban. Por ejemplo, muchas de ellas consideraban indispensable la inmigración europea para “blanquear” a los indios, es decir consideraban al mestizaje sólo como un paso para diluir lo indígena en lo blanco. Sin embargo, la Revolución dio un giro excepcional pues daba espacio y margen de acción para implementar desde el poder del Estado una política de incorporación de los indígenas a la cultura nacional.

Evidentemente no todos estaban de acuerdo con Vasconcelos. Varios matices separaban al filósofo de otros investigadores, como es el caso de Manuel Gamio. Sin embargo, hay más coincidencias entre la teoría de la raza cósmica y la teoría indigenista de la que Vasconcelos o Gamio quisieron reconocer. Pues si bien diferían en los medios, el objetivo final era el mismo: integrar una sola nación. Un pueblo único tanto por raza, como por cultura como por historia que respondiera a la idea de la nación mexicana. Un pueblo mestizo en donde indígenas y blancos, católicos y protestantes, del bajío o de la costa pudieran identificarse. Un México mestizo.

Después de ser Secretario de Educación Pública, Vasconcelos se distanció del régimen revolucionario. Partió al exilio en 1925, en el extranjero escribió su obra filosófica más conocida: La Raza Cósmica. En ella veía en América Latina y en particular en Argentina y Brasil la cuna de una nueva civilización, en la que todos los pueblos del mundo coincidirían en un mestizaje cultural y racial para así llegar a una nueva etapa de la humanidad, el ser humano total (lo llamó totinem). Esta nueva civilización sería heredera directa de los atlantes vía los indígenas americanos, heredera de la tradición indú por las oleadas de migrantes asiáticos que llegarían en busca de nuevas oportunidades; heredera de Grecia y Roma vía los europeos que conquistaron y emigraron a América. Las condiciones para la mezcla de razas ya no sería un supuesto avance o retroceso evolutivo, sino la simple belleza corporal, el gusto estético.

Hoy día la idea de un México mestizo es considerada como un mito. Las culturas indígenas han luchado y resistido para sobrevivir pese a los intentos del Estado de imponerles la cultura occidental. El México mestizo negaba la posibilidad de ser diferente (indio o criollo, o menonita) pues aglutinaba a todos en la clasificación de mestizo.

Sin embargo hay que aclarar que una cosa fueron las ideas y acciones de Vasconcelos durante su ministerio de la SEP (1920-1924) y otra muy distinta el uso que le dio el Estado a esas ideas y a la SEP posteriormente, como muy distinto es el Vasconcelos Secretario, del Vasconcelos posterior a su campaña presidencial. Vasconcelos, como Gamio, buscaba que la convivencia y el conocimiento de los distintos grupos étnicos de México permitieran consolidar una idea de identidad  comunitaria, que a la larga engendraría esa raza mexicana unificada. Cabe decir que el concepto raza fue ambiguo y no estaba exento de una carga lírica, poética y carente de fundamento científico. El Estado se apropió de las ideas con que Vasconcelos fundó la SEP pero intentó “civilizar” a los indígenas más allá de permitirles sostener su cultura, el Estado asumió una postura paternalista en la que para resolver “el problema indígena” hacía planes, mediciones y políticas en las que no tenían ni voz ni voto los propios indígenas.

A su vez, el negar las diferencias culturales, étnicas, económicas, sociales bajo la idea impuesta de que todos somos mestizos. Hizo del racismo que ya existía, existió y sigue existiendo, un tabú. Negó la aportación de los grupos europeos que habitaban en México pero también la de los grupos indígenas y mientras decía tratar a todos por igual, los indígenas siguieron ninguneados y los “blancos” también fueron vistos como una amenaza latente de conquista.

No hay que olvidar que para Vasconcelos el vehículo indispensable para llegar a la utopía de la raza cósmica era una educación integral de calidad. La cual sería capaz de poner en igualdad de condiciones tanto al hijo del empresario como al hijo del aparcero, ahí estaba la mezcla racial-cultural de Vasconcelos: un México unido por su cultura, e identificado con sus tradiciones.

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