Exhorto a la autocrítica

Son tiempos inquietos. La reforma educativa, aquella que el presidente Peña Nieto dio a conocer desde su primer mensaje, ha sido aprobada por la mayoría de las legislaturas estatales y con ello ha logrado su carácter constitucional. La reforma ha suscitado expectativas en diversos sectores sociales, incluido el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Sin embargo,  tras las primeras impresiones –optimistas-, ha salido a flote la intención real. Que se entienda, la reforma propuesta por los signatarios del Pacto por México no es educativa, antes bien es de carácter administrativo y laboral. Pretende condicionar la permanencia de todos los maestros a evaluaciones hechas por el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (que aunque sería autónomo, todavía estaría muy lejos del INEE ciudadanizado que necesitamos), sin importar que con ello se vulnere el derecho de estabilidad laboral.

No es educativa porque aunque se haga en nombre de una “Calidad educativa”, ésta nunca es definida. Como si se pensara que la calidad no es inherente al proceso educativo, como si hasta ahora se hubiera aceptado impartir una educación deliberadamente incompleta. La reforma oculta, en nombre de ese difuso concepto, el golpe a los derechos laborales que el sindicato ha conquistado durante décadas. La idea de reformar la educación en aras de buscar su calidad es, en el mejor de los casos, ambigua. La reforma reclama la rectoría del Estado mexicano en la educación pero no se plantea, ni por error, un debate serio, plural y vinculante sobre contenidos, métodos o propuestas pedagógicas. Se reduce a escatimar recursos materiales en maestros de dudosas capacidades. Si la reforma no piensa siquiera en los beneficiarios directos: los niños (y futuros ciudadanos mexicanos), menos consideración se podría esperar hacia el dispositivo medular del proceso educativo: los maestros.

Es una reforma laboral corta de miras que se va a estancar en los laberintos jurídicos de los más de tres millones de amparos interpuestos ante el poder judicial. Sin embargo, el efecto e impacto mediático (característica sine qua non de nuestro nuevo gobierno federal) está hecho. La reforma, según tacharon los más ingenuos, era un “quinazo” en el  siglo XXI; para otros no menos ingenuos, sólo era una bomba de humo en lo que el presidente se legitimaba de la opaca contienda electoral. No es así, la reforma se hará porque es necesaria, si bien corre el riesgo de ser una reforma paliativa y no transformadora. La reforma educativa debe salir porque es necesaria. Es momento de cambiar el rumbo de la educación, y de entender la educación más como un proceso social donde todos somos copartícipes y menos como un asunto programático o presupuestal. Si el Estado quiere retomar la rectoría de la Educación Pública, antes de felicitarlo debería censurársele por haberla abandonado. Es momento de un debate serio sobre qué ciudadanos mexicanos estamos formando y cuáles queremos formar, más allá y además de qué tan profesionales queremos que sean en su vocación. Es un debate (o varios) que aunque debe ser sin prisas y mesurado, urge. Y urge porque el país está en llamas, y los niños mexicanos tienen un panorama oscuro y violento, sin posibilidades.

Es momento de reflexionar. Si durante los últimos veinte años el sindicato ha sido más participativo que nunca, si sus relaciones con el gobierno federal eran cordiales, ¿por qué suscitó tanto apoyo en la opinión pública una reforma antisindical? ¿Por qué funcionó la estrategia de señalar como único culpable del deterioro educativo al SNTE? Entendemos, o podemos entender el porqué de la estrategia, hay grupos de presión que ven en la educación pública un enorme banquete del cual hacer negocio. Otros que ven la precarización laboral como una meta para una estabilidad económica excluyente. También existe la crítica académica, en la cual podríamos encontrar tanto propuestas constructivas como censuras viscerales. Sin embargo, e insisto, ¿por qué funcionó la estrategia de una minoría empoderada para volcar la opinión pública contra el sindicato? Es momento sí, de defender los derechos y conquistas laborales que el SNTE ha otorgado a los maestros. Pero también hay que pensar nuestras deficiencias, errores, y quizá también en lo que significa, y ha significado ser maestro de educación pública en México.

Es un tema inmenso. Sí. Pero su enormidad nos debe motivar a abordarlo cuanto antes. Y es un tema tan grande que apenas y cada uno de nosotros podríamos llegar a conclusiones parciales. Y sin embargo el tiempo apremia. Como maestros y como sindicalistas, debemos estar abiertos y receptivos a la crítica y retroalimentarnos de ella. El apoyo social que tuvo y tiene la reforma es una crítica directa: algo no estamos haciendo correctamente, al grado que la sociedad está dispuesta a aprobar nuestra vulnerabilidad. Es momento de decisiones, sí… pero estas no pueden ser improvisadas, vean cómo dejó al país el último presidente que improvisó un gobierno. Es momento de reflexionar qué hemos logrado, qué quedamos a deber  y qué hemos hecho mal. Momento de la autocrítica. La reflexión primero, después vendrán las propuestas, las deliberaciones y culminaremos con las acciones.

En 1989, tras una década de descalabros económicos que afectaron fuertemente al magisterio, el arribo de Elba Esther Gordillo a la dirección del Comité Ejecutivo Nacional del sindicato implicó profundas transformaciones en la organización magisterial. La reforma estatutaria de 1992 liberó a los maestros agremiados de severas condiciones de sometimiento impuestas por Vanguardia Revolucionaria. Cambios profundos se dieron, a la par de la liberación del PRI, el sindicato tomó una posición activa en la política educativa. Propuso y en ocasiones fue escuchado. Cooperó con el gobierno en la federalización  y modernización de la enseñanza, después en el compromiso social por la educación. Después más allá de reorganizaciones administrativas, el sindicato y el gobierno pactaron una alianza para elevar la calidad de la educación. Es momento de volver los pasos y profundizar en las reformas que además de la educación, requiere el sindicato. Profundizar la pluralidad, la equidad de género, la democracia, la tolerancia, la posibilidad de disenso, y hacer un balance del papel social y político que jugamos en la educación.

Es momento de corregir con humildad nuestras deficiencias y sobretodo, aprender de nuestros errores. Somos maestros, enseñamos, pero en el camino aprendemos.

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