Discurso de 1922 de un Maestro Misionero Otomí dentro del marco del Primer Congreso de Maestros Misioneros

En la segunda quincena de septiembre de 1922, se llevó a cabo en México el Primer Congreso de Maestros Misioneros, dependientes todos ellos, de la recién creada Secretaría de Educación Pública. El objetivo básico de este congreso fue definir la política educativa que la SEP seguiría para el Departamento de Educación y Cultura Indígena. El congreso fue presidido por el Subsecretario encargado de despacho Lauro G. Caloca, ya que Vasconcelos se encontraba en la gira diplomática por los países de América del Sur.

En el pleno se dieron varios discursos apasionados y por vez primera en la historia de este país, contingentes indígenas tuvieron voz y voto en igualdad para tomar la decisión respecto a la educación indígena. De entre ellos, hoy destacamos el discurso del indígena ñañú (otomí) Catarino Tovar, maestro de la región de Huixquilican, Estado de México.

En este discurso podemos ver el ánimo con que una de las muchas etnias recibió el impulso educativo de la revolución. Sin embargo, queda para después un análisis formal más elaborado que nos permita distinguir la otredad, vista desde el lado indígena. El discurso fue encontrado en al Archivo Histórico y de Concentración de la SEP, en la sección 8, correspondiente al Departamento (auxiliar) de Educación y Cultura Indígena, caja 21, expediente 19, de la serie: Congreso misionero, subserie: discursos.

“Señor Presidente, señores Congresistas:

                        La región que habita parte de la gran raza Otomí, a la que me honro pertenecer, me designa su intérprete ante esta respetable Asamblea, la que, solamente por estar constituida en su  mayoría por elementos conocedores de nuestra manera de ser, sabrá disculpar a quienes como yo, carecemos de las dotes necesarias para hacernos entender.

                        El acontecimiento feliz que jamás habíamos experimentado es la designación oficial de Misioneros Educadores para las raza aborígenes, por lo inusitado,  pues los míos cuentan por leyendas la permanencia entre ellos de uno que otro Fraile Misionero de acciones humanitarias y de verdadero celo apostólico; pero nunca se halla en las tradiciones recuerdo alguno de trabajos educativos en bien nuestro por seglares de ninguna época; de allí que sean recibidos con hosannas quienes realizan tan loable idea, extendiéndose las bendiciones hasta los que fomentan esta labor.

                        Mi raza siempre ha sido creyente y no ha desesperado de que alguna vez se le haga justicia; quienes nos han conocido en nuestras costumbres; quienes nos han visto morar nuestras chozas y han contemplado la grandiosidad de nuestras montañas, los abismos profundos de nuestros barrancos y la inmensidad de nuestro cielo,  y han aspirado nuestro aire vivificador, serán testigos de nuestra conformidad con la pobreza, aunque celosos amantes de la libertad y serán testigos también de que desechamos las mezquindades, precisamente porque participamos de las grandiosidades que nos rodean.

                        Resignadamente soportamos todas las calamidades que nos llegan, no importe su magnitud,  fiados en que se agotarán cuando hombres buenos,  siendo testigos de nuestra rudeza y costumbres se interesen por nosotros para que se nos vea como hermanos y se nos asimile en el grupo de mexicanos trabajadores y patriotas en donde, como siempre,  sabremos cumplir con nuestros deberes. Ha llegado ese momento y a eso se debe que mi raza se haga oír en este recinto y decir a vosotros por mi conducto que no os afrentéis  ni desmayéis en la persecución de esta obra; en nosotros vive la gratitud para los que nos hacen bien; la desconfianza que es casi proverbial nuestra, débese a que sólo habían acudido a nosotros políticos perjuros, leguleyos sin conciencia y desalmados que nos arrebatan nuestra heredad en cualquier forma; para ustedes y para quienes luchan por hacer PATRIA, todas nuestras bendiciones y todas las de nuestros pósteros.

                        Agradecida mi región por la obra educativa allí emprendida, resta pediros que de poderse, la fomentéis;  tal vez en no lejano día demos a nuestro País una sorpresa, demostrándole lo que es capaz nuestra raza ya transformada en culta.

                        Sin hacer aprecio del apasionamiento con que se las he descrito, nuestras razas indígenas, como todas en la humanidad, tienen sus virtudes y sus vicios; en las más de ellas su moralidad está bien definida; son moldeables, y si a semejanza del grandioso Japón, el Gobierno Mexicano se ocupa de educarlas, aprovechando sus aptitudes, dejarán de ser un fardo a la Nación y se constituirán en factores de progreso. Ojalá sea así.”

 

México, D.F. septiembre de 1,922

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